El pianista da nombre a una calle del pueblo; y su espiritosa cueva, cuya propiedad pasó a ser municipal, es sede de entrañables reuniones de peñas de romaneros. Pero ¿Cuál había sido la realidad de ese romanero que tocaba el piano? ¿Qué historia se escondía tras este personaje? Ignorante de este contexto busqué respuestas en las fuentes oficiales.
Y así inicié mi rastreo en el Ayuntamiento. Igual que en el cuento, poco me aportaron más que el consejo de acudir a una señorita que por aquel entonces recopilaba información para editar una guía turística de la población.
Y hasta ella me dirigí; la abordé pero apenas conseguí arrancarle una frase: “Pues… Era un músico que tocaba el piano y tenía una cueva”.
Recuerdo bien que desperté su curiosidad y se animó a perseguir también la estela de esta misteriosa celebridad de la que poco conocía. Y así nos citamos a la mañana siguiente para compartir las pistas que sobre el músico pudiera haber encontrado entre los viejos documentos del archivo municipal.
Acudí puntual al encuentro con la esperanza de que algún nuevo dato alimentara mi desvelo por el asunto. Pero el interés que demostraba al principio la muchacha se transformó, de manera inexplicable, en una indiferencia insolente: “No he encontrado nada, pero tampoco me importa quien fuera ese personaje“, me replicó cuando le ofrecí el teléfono de Francesc, que lo sabe todo de La Romana.
Precisamente había acordado otra cita esa misma tarde con Francesc. Y a l’Alagaiat acudimos mi amigo Mañet y yo. Esa fuente, la del bombero, si que era segura y fiable; nadie en La Romana se ha preocupado tanto por coleccionar documentos e investigar con ahínco nuestro pasado y también nuestros antepasados; por supuesto también el de José Mira Figueroa. Satisfechos con tanta información que sobre el insigne músico nos proporcionó el gentil cronista, conversamos sobre su peña de amigos, su espíritu y como el reflejo de una generación de romaneros (la del primer tranvía) pasaba inadvertido para la nuestra.
Esta entrevista alentó más si cabe nuestro interés para seguir la búsqueda. Y fue este inconformismo el que nos llevó a la biblioteca municipal. Comenzamos a fisgonear las estanterías confiados en dar con algún libro sobre el tema que no hubiese escuadriñado antes nuestro cronista. No acertamos, pero nuestra desdicha tropezó por casualidad con un amable personaje con el que nunca antes había tratado. El bibliotecario, Joan: “¿Mira Figueroa? Pues da la casualidad que guardo un artículo publicado hace una semana en el País, de Cerdán Tato, que os puede interesar”.
Esperamos pacientes a que cumpliera su horario y, al paso de una agradable conversación, le acompañamos a su casa. De allí saco el periódico, un lápiz y un papel. Tomó unas notas del artículo y nos ofreció el periódico.
Observé que escribió “El lugar más lejano, Enrique Cerdán Tato, El lugar prometido, Ernesto Contreras”; al tiempo que explicaba que leyendo ese artículo descubrió dos libros que habían sido escritos en La Romana de los años 60, y que además habían sido premiados. No quería deshacerse de aquel documento sin recordar aquellos títulos, pues deseaba conseguirlos para la biblioteca.
Agradecidos y contentos nos despedimos de ese afable ser que nos premió con aquella crónica en valenciano titulado “La Romana”, y que hacía referencia a los pasos del escritor Enrique Cerdán Tato por nuestro pueblo en el año 63. También hablaba de nuestro pianista y de Hipólito Falcó.
La reflexión posterior a esta experiencia fue la que nos llevó pocos meses después a plantearnos de qué manera podríamos contribuir a que La Romana no perdiera su memoria.; a tratar ese alzheimer que impedía despertar el pasado de este pueblo.
No llegábamos a entender la indolencia con que este pueblo trata su pasado; ni la trascendencia exagerada que se da en el presente a los hechos ajenos más insignificantes, pero sumamente deliciosos para los buitres, en cualquier conversación de bar o peluquería; ni la poca imaginación para crear futuro.
Esta experiencia nos fortaleció en fe y esperanza, nos unió en un proyecto que maduró a la sobra de muchas jarras de cerveza, y que con paso firme avanzó con la aportación personal de una generación de romaneros que compartía el planteamiento del problema y la solución: Francisco “Mañet”, Francesc, Bea, Joan, Bernabé, David “Assanya”, Hector, Efrén, Marcos, Esther, Juan Carlos, Raquel, Gali, Ruben, Irene,... Y todos aquellos que se han ido integrando en este año y medio de viaje.
Y hace ya más de un año que esta aspiración tomó forma de tramvia. El 13 de mayo de 2006 inauguramos la primera parada: la primera exposición, la primera conferencia, la primera publicación, la primera excursión.
Es un bonito regalo de aniversario con el que nos obsequia D. Enrique Cerdán Tato con su presencia y con su participación en este homenaje a su labor en el desarrollo de la cultura romanera, a su cuento y a su premio “Sésamo”.
Por ello nosotros queremos corresponder con esta publicación dedicada a su cuento; con la traducción al valenciano de “El lugar más lejano”, libro que ha sido ya publicado en castellano, inglés, francés, alemán, búlgaro y polaco. Pero que hasta ahora no había sido transcrito a nuestra lengua. Por ello agradecemos a David Azorín, Sara Molas i Villanueva i Ferran Beltrà i Botella su
trabajo.
Un libro que ha vinculado el destino de El Tramvia nº2 con Enrique Cerdán Tato; un libro y un premio con el que escritor vinculó su destino con La Romana, con el destino de esa cultura romanera que, como en “Los Tatujos”, puede no llegar a encontrar su destino, su identidad. Pero que, a diferencia de lo que ocurría en “L’indret més llunyà”, confiamos que el final se presente
como una feliz realidad.
(Francisco J. Moya Navarro)